Los nuevos marcos diagnósticos centrados en biomarcadores para la enfermedad de Alzheimer prometen una detección más temprana, pero corren el riesgo de medicalizar en exceso a personas que quizá nunca desarrollen deterioro. Grasso, Santos-Santos y Clark sostienen que la positividad para β-amiloide o tau fosforilada en adultos cognitivamente normales debe tratarse como un _riesgo elevado_ y no como un diagnóstico definitivo, y muestran por qué la reserva cognitiva, el contexto sociocultural y las inequidades estructurales deben guiar la interpretación. Delinean cómo los modelos multifactoriales basados en riesgo—construidos con datos racialmente representativos y combinados con neuropsicología—pueden frenar el sobrediagnóstico, el estigma y la ampliación de las brechas sanitarias. Este comentario ofrece a clínicos e investigadores una hoja de ruta orientada a la equidad para integrar biomarcadores en la medicina de precisión del Alzheimer.